Lanzamiento de Soldados perdidos, de Alejandro Cabrera Olea

Entre pascua y año nuevo, el martes 27 de diciembre, va a ser el lanzamiento de Soldados perdidos, de Alejandro Cabrera Olea, al que quedan todos invitados.

La cosa es, como siempre, a partir de las 19:30 hrs. en el bar UVA, en Plaza Ñuñoa (Irarrázaval 3469), y el libro será presentado por el dramaturgo Benito Escobar y el poeta y narrador Guillermo Valenzuela.

Ahí los esperamos.

Un momento propicio para el exilio, de Marcelo Guajardo Thomas: en torno a una posible religiosidad [presentación de Carlos Henrickson]

La conciencia de lo primordial, aquello que sólo al artista le puede ser revelado, lo pone de frente a esa sociabilidad que la humanidad ha construido sobre la ceguera. La inaudita violencia del aparecer en el mundo –de la cual el trauma del nacimiento es tan sólo una de las imágenes posibles, esa luz que traspasa los párpados-, la incomprensible necesidad de todo esto que tenemos al frente, inabordable por nuestras lógicas y débiles certezas, ha forzado a la humanidad a sucesivas e impotentes instancias de generar sentido -de religar, aunque sea con falacias, los puentes rotos entre el ser humano y el mundo. Mas el artista sabe que detrás de todo esto se esconde un fondo inefable e ineludible, y este desengaño profundo representa su marca más definitiva.

Ya se está en un exilio, entonces. Este deseo de situarse en un radical más allá, es lo que me parece que revela desde su título Un momento propicio para el exilio, un libro que los que admirábamos la poesía de Marcelo Guajardo Thomas estábamos hacía ya tiempo esperando. Con un poder de generación de imágenes poéticas absolutamente excepcional dentro de nuestra nueva literatura, que puede pasar desde la sencillez más clara hasta complejas construcciones de sentido, Marcelo no ha temido un paso que pocos practican en nuestro país –absolutamente obsesionado con lo contingente-: el plantearse las preguntas esenciales del sentido del ser y la vitalidad, desde un mundo opacado por una racionalidad técnica con pretensión de muerte.

 

*          *          *          *          *

Antes de la posibilidad humana podría estar su fundamento. Desde el libro se puede hablar de una animalidad que aspira a dar cuenta de ese fundamento, con la plena conciencia de la permanente presencia de este antes. Pero este antes no se puede enfrentar desde un modo cualquiera de arqueología (una ciencia que suponga un observador frío y compuesto), sino desde una forma superior de conocimiento: ese ciego abrazar sin conciencia que surge en la mística y la más alta actividad poética, que es casi una forma excelsa de compasión para con la materia, y que no deja de erosionar cualquier integridad de un sujeto.

Tal animalidad en el libro se aparta entonces decididamente de un sencillo bestiario visto de lejos y teñido de una racionalidad superior y fabuladora, sino de la conciencia de una ética radical y mitopoética. La conciencia desgarrada es la que debe ceder paso a un más allá de la conciencia, y por ello el dolor se hace indispensable; un dolor como el del nacimiento, que sabe no ser una mera sensación nerviosa, sino signo externo de una conmoción trascendente.

 

antes de dios

la palabra emerge

de la lengua del animal

una esfera de arcilla enquistada

en el abismo de la placenta

(de “Antes del hombre, la ciudad y el animal”)

 

Civilidad

arde en medio de la caverna

el incontenible sol de la barbarie

arde en la hoguera

el semen de la barbarie

nombrado en las aldeas

en la jauría

 

Es notoria una conmoción que se acerca al terror en estos textos, pertenecientes a El dolor de los enjambres, la primera sección del libro. La investigación parece detenerse, como crispada, ante la omnipresencia de la muerte, del impulso de muerte. La construcción del verso, incluso, parece a veces tartamudear, como expresando en el silencio las palabras imposibles.

Ante la revelación de la naturaleza, no resulta extraño que el mismo poeta adquiera un carácter monstruoso. Ya puede darse cuenta de la presencia de esa naturaleza ciega en sí mismo, al tiempo que es también consciente de estar un paso más acá del abismo de sentido que no deja de mostrarse ante él. Y lejos de la figura del albatros baudelariano, Marcelo escoge la de Joseph Merrick, el hombre elefante, como imagen del poeta moderno. El dolor de la evidencia de su involución es palpable:

 

Día 6

imito el aullido de cacería de los lobos

las deformidades me dan el aspecto de la fiera

que rompe a dentelladas el cántaro y su lengua.

 

Este aislamiento radical que le impone la visión –el terror alienado de quien ha presenciado este trasfondo bestial e inefable- produce naturalmente la aristocracia impostada del poeta moderno. Ante la degradación del mundo construido por la humanidad, resulta natural para esta criatura deformada –emparentada con Nietzsche y Baudelaire- que todo aquello por lo que subsiste tendrá indeleble la marca monstruosa, mientras encierra en sí la absoluta conciencia de su trascendencia. Se podría elegir dejar tal desgarro de lado, sin embargo, Marcelo es capaz de dar cuenta de tal quiebre, asumiendo su labor como una paródica mediación, una religiosidad de segundo orden.

 

Día 9

he construido y reconstruido

una réplica del templo

por asco y compasión.

 

Tal compasión es un ingrediente fundamental en el libro. Pero no es exactamente la voluntad emocional, en que no es poco común una evidente mala conciencia, de la compasión cristiana de misa de domingo, sino algo muchísimo más fundamental, que toca hasta la condición del ser. Se trata de una religiosidad en el sentido más profundo, pero traspasada por la crisis del sujeto creador.

En vez de la sencilla piedad hacia el débil, esta compasión se revela como una empatía con el todo, en que el dolor y la muerte son asumidos como necesarios. Así, puede aparecer sin problemas devenida en su opuesto, en el “Prólogo con respecto a la religión”, de la sección La jauría revelada.

 

Lo que adoramos y lo que no de un señor colgado en la madera

Si encontramos en nuestra casa a un señor desnu­do que agoniza colgado en la madera, seguramente no seríamos tan benevolentes ni piadosos. Es muy probable que en medio de nuestra perplejidad, mez­clada con asco, adelantemos su muerte colgándonos de sus rodillas presionando sus pulmones hasta re­ventarlos, causando un certero y profundo instante de dolor

¿cómo librarnos de esta peste multitudinaria?

el gemido de un quirquincho que pasea por la casa a la hora de la comida, los gritos de dolor de un hom­bre que agoniza colgado en la madera.

 

*          *          *          *          *

En La jauría revelada, Marcelo presenta la figura de Hernán Olguín. Esta figura, síntesis de observador científico y pedagogo, se presenta como uno de los “héroes” que, desde uno de los prólogos de la sección, se suponen necesarios para la modernidad de un país como Chile –preparado para cenar mientras Calibán, latinoamericano raquítico, debe alimentarse de sí mismo. Es imposible no recordar el sello generacional que supone esta figura: la divulgación –vulgarización- del conocimiento, que implicaba una permanente loa a la modernidad científica, se daba dentro de un contexto de un sistema político degradado y una falta de respeto institucional por la vida humana –y no me refiero sólo a que fuese quitada la vida, sino a todo lo que implica la expresión, desde el sentido más profundo hasta el más cotidiano, desde la economía hasta la sociabilidad.

No es extraño, entonces, que se presente la proliferación de la imagen de televisores –que se conforman como alimento, como mediaciones absolutas de los sujetos, como posibilidades paródicas de religiosidad, etc.

 

Olguín flota en el limbo el limbo es un televisor a color el cielo y el infierno son televisores a color. Her­nán Olguín introduce un micrófono de metal en la boca de Dios.

 

El contexto de los poemas es el espacio sideral, y la indeterminación de situación que esto supone produce naturalmente la visión de una mística grotesca. Pero esta mística resulta un reflejo paródico y degradado: lo que la mueve es la proliferación incontrolada de la racionalidad técnica, cuantificadora.

 

Hernán Olguín se reproduce sin necesidad de otro Olguín sexuado. Hernán Olguín es hermafrodita, es la madre de todos los Olguines.

 

En la siguiente sección, 37 mujeres calvas, esta proliferación se plantea desde la misma construcción del texto. Aplicando un objetivismo a ultranza, bajo el procedimiento de reordenamiento de elementos, esta racionalidad es llevada a su límite. Las mujeres devienen objetos en juego, signos vacíos. En este mundo degradado, el dolor y el desgarro en la visión del creador se hacen evidentes, sacando al texto de una experimentación puramente lúdica hacia una conciencia abismal. Esto es notorio en el poema “Las repulsivas visiones barrocas de su dolor pegado a las cuencas de los ojos”.

Tal desgarro se hace más pleno de sentido desde la situación de marginalidad que supone estar más acá de la Gran Historia del mundo. El ser latinoamericano y, lo que es más, ser chileno, se pone en una crisis dramática.

 

iv

El descrédito de los papiones proviene

de su pequeño y absurdo lenguaje latinoamericano

de señas indescifrables y gritos

Apenas se comunican estas criaturas

rudimentarias y subnormales

Apenas gritan en medio de las bibliotecas

colgados del cielo raso y las lámparas de carey

en mitad de la noche de Chile.

 

En que no se refiere tan sólo a un juicio histórico sobre un mundo degradado, sino además a la violencia del desgarro entre la utopía iluminista (la biblioteca) y la humanidad degradada de la era de la técnica. El artista ve en esa sociabilidad degradada la muestra del fracaso de los proyectos iluministas (cfr. Cochrane).

En la sección Persa, esta humanidad degradada se expresa a través de la descripción del mundo de las mercancías, en que los mismos seres humanos –desde su misma figuración en la construcción del texto- terminan formando parte de procesos fríos de circulación que se ven reflejados en el mismo tono frío de tal descripción. En el poema “Compra y venta de máquinas Singer”, por ejemplo, las mismas singeristas se hacen parte carnal del proceso al unir su piel con sus máquinas.

La sección Víctor Sarmiento comprende el tedio vuelve los ojos hacia el sujeto con una agudeza fundamental. El tedio, acá, se levanta como un estado metafísico, bien comentado por el epígrafe del poeta norteamericano Forrest Gander:

 

To say: I have lost the consolation of faith

though not the ambition to worship,

to stand where the crossing happens

 

Esta religiosidad, lejos de dar vida, da al sujeto la real conciencia de su desgarro interior –la muerte, el dolor, el abandono, la podredumbre están ya presentes en él antes de la sensación o el hecho. El desgarro se muestra como la constitución misma de este sujeto. Como contrapartida, la aparición de la “vida real” es tan lejana y está tan mediada como los cambios en la política gubernamental descritos en el diario del día o la edición en inglés de Latin American Trade. Ya que como rezan los versos finales,

 

Luego del habla

el grito vencido de la carroña.

 

En Cinco comarcas y Máfil, el ejercicio de autoconciencia se hace aun más profundo –la escisión se hace total y se traduce en una intensa vivencia estética, en el pleno sentido griego del término. Por ello, el objetivismo puede maridarse con el más intenso vitalismo a un nivel que roza la mística: en este caso, una mística de la percepción, en que la tartamudez de lo inefable no queda afuera. En este sentido, la cercanía a los modos clásicos de la poesía japonesa responde a una íntima certeza en la unidad del mundo, un religar.

 

Todo cuanto ha hecho la fuga. El acopio. El brote de la mandíbula. El abismo que marcha. El follaje hambriento. El río.

Todo cuanto ha hecho la fuga. Abandonarnos en la caverna de Tiresias. Sin habla. Palpando.

 

En Pucara, se realiza la entrada de la memoria personal, en forma de retazos que intensifican la poderosa tensión expresiva. El signo de la tragedia no deja de presentarse, entregando a la sección el carácter primordial, de formación de mitos, que el camino ya recorrido impone al autor. Hay sombras de una ritualidad primitiva, apelativa al Origen, que sabe enhebrarse con una religiosidad campesina, temerosa y oscura –la amenaza de muerte del Tue Tue no deja en ningún momento la densa escritura de esta sección.

Desde ese Origen, como una posible reconciliación, es el arte poético el llamado a reconciliar el mundo. Si bien se reconoce la alteridad, se puede revivir un vínculo posible con ese otro radical en el seno de la obra poética, parcialmente al menos. Muestras de absoluta madurez en este sentido son las últimas secciones del libro, Los delicados valles de la modernidad (con una amplia variedad de formas, procedimientos y poéticas, incluyendo la ironía lúdica), la prosa poética concentrada y dotada de un equilibrio preciso de Cocaví y el despliegue concentrado de Nuevas impresiones del litoral.

Un momento preciso para el exilio resulta sin duda uno de los libros de poesía más contundentes y significativos de nuestro momento actual. No me resulta exagerado hablar de una maestría en el oficio de Marcelo, absolutamente sobresaliente en la configuración de un mundo poético complejo, que desde la elaboración de la imagen poética sabe no excluir una permanente reflexión ética que llega hasta a problematizar la religiosidad o nuestra posibilidad de ser nación –como chilenos o como latinoamericanos. Resulta asimismo una plena resituación de una actitud generacional –ya que me disgusta hablar de una generación de los ‘90-: una voluntad literaria que supo plantearse la problemática de la propia situación del creador antes de entregarse ciegamente a la experimentación o a abordar la contingencia social y política.

Sin duda la editorial gana también un reconocimiento: éste era un libro esperado desde hacía tiempo, tal como Materias de libre competencia y regulación de Andrés Florit. Es de esperar que no sólo en el plano nacional, sino más allá de nuestras fronteras, estos libros sean una buena noticia.

Materias de libre competencia y regulación [presentación del libro, por Gabriel Zanetti]

Hace mucho tiempo, específicamente después de leer Los mandarines de Simón de Beauvoir, adquirí la buena o mala costumbre de revisar las contratapas antes de entrar de lleno a los libros. Si no me engaño, retuve con especial atención de las señas de Bertoni para Materias de libre competencia y regulación, autores como William Carlos Williams, Teillier, la idea “del lado calentito de la fuerza” y Whitman.

Seguramente porque aquellos autores o ideas me interesan y sospechaba de antemano que al poeta Andrés Florit también. Bertoni transcribe a Whitman “el que toca este libro toca un hombre”, cita que se abre con el último poema de Materias de libre competencia y regulación.

Por el contrario, yo recordé a Whitman con el poema “Bishop”, que abre este libro. La idea de perder es quizás en la que más profundiza Florit. Me costó un poco encontrar la cita de Whitman y no me atreví a reescribirla ni a inventarla. Que haya tenido que revisar Hojas de hierba –más si se tiene a mano la traducción de Borges-, es un punto a favor para cualquier título, porque es un regalo para quién lo lee. Lo agradezco.

“¿Has oído que está bien ganar la batalla?/ Yo afirmo que perderla está bien, las batallas se pierden /con el mismo coraje con que se ganan”, escribió el maestro estadounidense.

Vale la pena destacar ese coraje de perder, ya que se expone no como exaltación o celebración de perder, de perderse, sino como una condición inherente a la experiencia humana.

Materias de libre competencia y regulación no es una novela -por supuesto, podría decirse- de hecho, cuando le pregunté a Florit sobre la composición del libro –de la estructura del libro- me dijo que había sido armado sobre la marcha, un poco por acumulación de poemas antiguos y la escritura de otros nuevos. Que un libro esté escrito en verso no quita la posibilidad de que se sienta como novela, como tampoco la escritura en prosa quita la posibilidad de leer poesía.

A partir del trabajo de las imágenes, poemas cortos con aire chino, poemas un poco más largos, a veces con aire a Teilliier y un poco líricos, Florit va trazando el libro, un libro de poesía y no una colección de poemas –a pesar de haber sido compuesto sobre la marcha-, que se deja leer casi todo el tiempo como una novela.

Dice Constantino Bértolo en su libro de ensayos La cena de los notables: “Un texto narrativo –seguimos aquí a Claude Bremond- consiste en un discurso que integra una sucesión de acontecimientos de interés humano (…) Los textos son una propuesta de significado y, en ese sentido, son una propuesta de realidad.

La idea de perder se instala en cuatro elementos fundamentales que identificamos consiente o inconscientemente cuando leemos. El mismo Bértolo los define como 1. Lo textual, 2. Lo autobiográfico, 3. Lo metaliterario, y 4. Lo ideológico. No quiero y no puedo determinar cuál poema responde específicamente a los cuatro estratos de lectura nombrados, ya que casi todas las veces, coquetea con más de uno y es tarea de la inmensa gama de lectores, no de uno, en este caso, yo. Me contento con transcribir de este libro calipso o celeste, que a pesar de saber que todo está perdido, está escrito con una serenidad que a veces llega a ser un alivio. Algunos de los puntos más altos desde mi perspectiva.

Sí, a veces todo es redundante.
Como una lámpara encendida a mediodía en
pleno verano.
Y qué.

[p. 11]

Mi viejo a mi vieja: “usted quería guindas,
niñita, pero ya no quedan guindas. Se las
comieron los zorzales”.

[p. 19]
A borrones, balbuceando,
escribo mis días
acostumbrándome al fracaso
de toda traducción.

[p. 27]

Casitas caras color crema
donde hubo tupido centro de bosque.
Porque pavimentaron estoy aquí.

[p. 60]

Sin embargo, es evidente, como se integra el elemento autobiográfico, el yo sin ningún tapujo en casi todos los poemas, sin demasiada premeditación, pero aún así se transforma en una boutade para quienes están en el lado más frío de la fuerza. Sobre todo en poemas amorosos y otros que rozan elementos metaliterarios. En los textos amorosos, hay cosas sencillamente notables.

¿Piensas que ya te olvidé?  Todas las tardes el viento
hace sonar los metales que colgaste en mi terraza.

[p. 28]

El poema que cierra el libro puede llegar a ser el más provocativo de todos, pero al final poco importa como tituló Florit su anterior libro, ya que el punto final de nuestra poesía nadie lo pondrá. Las peleas y el pelambre, los golpes al aire –no me refiero a Florit- están destinados a desaparecer. “Paso en limpio mi vida / te la ofrezco en esta bandeja blanca.”, apunta el autor con dos cojones y la idea de quién toca un libro toca un hombre termina de cerrarse o quizás se abrirse.

Aún así, el autor da su punto de vista respecto al llamado escenario, y algunas declaraciones de principios.

En Moneda llegando a Cumming,
un rayado acertadísimo: “Maquieira al Nacional”.

[p. 91]

Otra de Charly: “Fito es políticamente
correcto. Yo no, yo soy éticamente correcto.

[p. 83]

Canta tu ombligo y serás universal.

O como dice Nietzsche:
“Hay que apartar de nosotros el mal gusto
de querer coincidir con muchos”

[p. 74]

“No seré poeta de un mundo caduco. / Tampoco contaré el mundo futuro. /Estoy preso a la vida y observo a mis compañeros” cita en la página 27, atribuida a Carlos Drummond de Andrade. Esto nos sitúa en el presente, en el tiempo presente, que se transformó en materia casi obligatoria en la literatura del siglo XX. Dentro de estos cánones, aparece también la fuerza de la naturaleza, expresada brillantemente a través de sol. A mi me hizo pensar en El extranjero de Camus y se lo agradezco. También aparece la poesía china, oriental. Los referentes nacionales ineludibles son Teillier, Millán y Bertoni. Lihn también, el primer Lihn.

Cito otra vez, abiertamente, para que el lector decida.

Todo ocurre a plena luz. El asunto es
sacarnos de una vez la chaqueta que heredamos.
O enmendarla. Mejor sería decir: he tenido un
período terrible, de mucha luz. La luz me confunde.

[p. 50]

El sol como un padre atosigante
o como el voyerista que no baja la mirada
si lo miras.

[p. 8]

Da vértigo mirarse los pies
cuando has pasado tantos años
erguido sobre el mismo cuerpo.

[p. 23]

¿Si nos quedáramos quietos creceríamos
tanto como estos árboles?

[p. 61]

Mi madre corta el pan en la cocina.
La madre de mi madre ya no corta el pan.
Quizás eso sea todo.

Este libro da cuenta de un poeta con oficio, cuyo punto de vista, tono propio o voz si acaso interesa, están en pleno desarrollo. Que no se mal entienda: no me refiero a que escriba con una plantilla siguiendo a los autores ya mencionados, tampoco a que estamos frente a una escritura a la que le tiembla la mano sin que el autor quiera que le tiemble, sino que, siguiendo el proceso entre Poco me importa y Materias de libre competencia y regulación se nota que Andrés Florit está en plena investigación, ensayando, descubriendo nuevas formas sin alejarse demasiado de la estética que le interesa. Ahora vemos un trazado mucho más suelto, menos lírico y directo en casi todos los poemas. La búsqueda de una sola significación, de la claridad, si acaso aquello es posible.

T.S Eliot sugiere que un poema puede fallar por dos causas. La primera es, por que el poeta no ha hecho ningún descubrimiento y la segunda es, que aunque se dé ese descubrimiento, el autor no sepa darle la forma lingüística adecuada. Más allá de toda teoría, basta con leer los poemas o haber escuchado los ya citados, para entender que el autor acá ha trabajado con el lenguaje, para decir algo de interés humano, de forma clara, cristalina, si se quiere, para tener un espacio propio en nuestros estantes, veladores o bolsillos. Espacios de difícil acceso, sin duda. En este caso, merecidos.

“Lavar los jirones de una vida” [presentación de Materias de libre competencia y regulación, por Jaime Pinos]

Materias de libre competencia y regulación no es un libro de poemas, al menos en el sentido convencional. No es una colección de poemas, digo. Su trama se va urdiendo, más bien, como un sistema hecho de pequeñas piezas. Como un rompecabezas o un mecanismo de relojería. Apuntes, anotaciones, algunas brevísimas, como escritos al pasar. Instantáneas, postales familiares, escenas de la ciudad esbozadas en viñetas de unos pocos cuadros. Fragmentariedad de la mirada y de la escritura como estrategia. O mejor, como mood: No estoy en el mood de hacer un poema con/cadencia, ritmo, versos largos, que sea evocador/y transporte al que lo lea o escuche a quién sabe/dónde. Ni menos estremecer a quién recordándole/lo de la muerte y los días contados, la cuenta/regresiva, la juventud que se agota, etc. Sólo quiero estos jirones de una tela para qué completa. Un libro de poesía hecho de jirones. Un libro que se sabe o se quiere una tela incompleta.

Cada momento constituye la realidad. /o, más bien, puede constituir/la realidad, o pudo haberlo hecho,/¿o tal vez podrá? Creo que estos versos de Robert Creeley, extraídos de su libro Pedazos, aluden al punto de vista que predomina en este texto. El de las pequeñas cosas, los gestos mínimos, los detalles. Lo real visto o entrevisto desde la perspectiva del momento, de la fugacidad. El poeta como paciente recolector de esos momentos, de esos jirones o pedazos de realidad: Espero la micro pero la dejo pasar. Es domingo en/ la tarde, hay poca gente en las calles, estoy absorto/en cosas mínimas y disfruto de la maravillosa/lentitud del día. Atención, hasta ser absorbido por ello, en lo minúsculo y lo efímero. Intento de fijar, aunque sea por un instante, el continuo fluir de la vida. Escritura para preservar del olvido, haciendo una marca en el agua, lo que se fue, lo que se ha vivido: Escribir lo que me gustaría releer en unos años/ mas, sin vergüenza: es lo que fui. Y tal como dice la/ Ana, si no lo anoto se me olvida.

Escribir sólo lo que es necesario, como para que sea recordado por siglos, decía Kenneth Rexroth. Creo que este libro comparte ese afán de precisión. Este libro prefiere no decir suficiente a decir demasiado. Hasta en lo espontáneo ser exacto, escribe Florit. Ese esfuerzo de exactitud es en esta poesía una forma de preservar lo esencial de cada momento. De proteger su escritura y su recuerdo de los efectos ópticos del lenguaje, que siempre tiende a la proliferación. Leo y encuentro en Veneno de Escorpión Azul de Gonzalo Millán, poeta tan presente en este libro, el siguiente texto: La lengua prolifera jugando consigo misma/ Lo propio del lenguaje es propagarse, difundirse con una prolijidad exuberante./ Lo propio de la poesía es la poda (bonsái)/ La insistencia en la precisión concentrada del signo, vacuna/ La poesía es una laguna lacónica junto al mar de la lengua.  Florit navega en esa laguna lacónica. Intenta y consigue ser exacto en lo espontáneo. Podar un bonsái en movimiento.

Ahora que sale a colación el diario de Millán, se me ocurre que estas Materias de libre competencia y regulación también podrían ser leídas desde ese ángulo. Como anotaciones de un diario (de hecho, hay varios textos datados: 1998, 2003, 2007) o como apuntes en una libreta. Una libreta como la que Enrique Lihn usaba, según le cuenta él mismo a Pedro Lastra, menos para retener el objeto que para anotar mis reacciones ante él, en una dialéctica de estímulo y respuesta.

Una nota al margen: el corpus o el sistema que constituyen los diarios de muerte de Lihn y de Millán son uno de los agujeros negros de la crítica chilena, si es que tal cosa existe, y un reto pendiente para los lectores atentos de la poesía chilena en general.

Hay varios otros aspectos de este libro que sería pertinente revisar. El trabajo con el pop (importante en un poeta que ha declarado la influencia de las letras de Gustavo Cerati en sus inicios) o los covers y sampleos de poemas canónicos, por ejemplo. Sin embargo, quisiera completar estas breves notas de lectura con un par de comentarios sobre la definición del poeta o la situación de la poesía que están planteadas en él.

Quiltro café claro:/ quién como tú durmiendo a pleno sol/ a la entrada de un bazar sin clientes. O en otro poema: Se está bien aquí,/ como en cualquier parte donde haya viento fresco/y pocas obligaciones. La reivindicación del ocio. El poeta como un cansador intrabajable, en términos de Claudio Bertoni, otro poeta relevante, no sólo a este respecto, como referente de este libro. El Ocio como tiempo y espacio alterno a la dinámica de la utilidad, el trabajo asalariado, la circulación de las mercancías. El Ocio como apertura cotidiana a la contemplación y a la creación, anverso y reverso de una misma libertad. Una libertad ahogada por las imposiciones del time is money. Escribe Florit: un buen proyecto:/ escribir versos de cuando en cuando/ y el resto del tiempo leer, ver series,/ caminar por el barrio, tomar algo con los amigos./ Pero es justamente el dinero/ el obstáculo para dejar de necesitar dinero. La paradoja me enferma (y no es metáfora).

Ganarse la vida es perderla, escribió Henry Miller. Esa paradoja es una de las materias centrales de este libro que, me parece, se inscribe con acierto en la larga tradición de pensamiento respecto de esta cuestión. Desde la poesía oriental al Elogio de la pereza de Paul Lafargue. Desde el No trabajen jamás de Guy Debord y los situacionistas franceses, al Manifiesto contra el trabajo del Grupo Krisis.

Comparto la importancia de situar a la poesía en el centro de esta paradoja. Hablar de la situación del poeta y su oficio en el contexto de un poder que ha colonizado la vida cotidiana a partir de esa disociación básica: tiempo productivo/tiempo libre. La sobrevida en los túneles de la supervivencia versus la fantasía de realizar, al fin, la propia vida en los paraísos artificiales del espectáculo y el entertainment.

Materias de libre competencia y regulación nos recuerda que la poesía está para abrir otro espacio y otro tiempo. Para resistir la ocupación cotidiana de la vida por las narrativas del poder, el consumo, la enajenación. Que la poesía puede y debe ser un momento de lucidez. Ese momento en que logramos fijar la vista fuera de la pantalla. En que dejamos de escuchar el ruido blanco. Ese momento en que somos capaces de detenernos y, como dice Canetti, lavar los jirones de nuestra propia vida.

“Pequeñas anotaciones cerca de Un momento propicio para el exilio” [presentación de Gustavo Barrera Calderón durante el lanzamiento del libro]

Junto a Marcelo Guajardo comenzamos nuestros recorridos paralelos por el singular mundo de las publicaciones de libros de poesía el año 2001 con nuestros respectivos primeros libros auspiciados por Ediciones del Temple y luego, anduvimos por ahí rondando los mismos espacios literarios por los años de este comienzo de siglo milenio. Recuerdo a Marcelo muchas veces afligido por la poesía. Me costaba entender que habiendo tantas dificultades vitales ineludibles, alguien agregara la poesía a esa lista. Ahora, ya pasado el tiempo, comprendo la importancia de esa preocupación al apreciar los frutos que dejó en su escritura: la precisión y profundidad de sus versos y un oficio destacable. No cabe duda que para Marcelo Guajardo la poesía es asunto serio. No quiero decir con esto que exista en ella algo de solemne, nada estaría más alejado del carácter de su persona y de su escritura. Sus temáticas y formas son numerosas y vastas. Por momentos configura bestiarios en los que abundan los caballos, los marsupiales y las aves. Por momentos, narraciones de una entrometida tercera persona o diarios íntimos de personajes delirantes como el hombre elefante, el televidente que ve multiplicada su incertidumbre ante la multiplicación de Hernán Olguín en las pantallas o el parroquiano que es llevado más allá de los límites de la histeria por la danza de 37 mujeres calvas. Es una escritura que tiene la capacidad de ampliar los límites de la percepción y de vincular elementos divergentes que antes de ella no tenían una relación aparente. Es una escritura original. Indaga sobre los orígenes, tanto de la escritura como de la animalidad-humanidad, no evita el conflicto y no huye del absurdo que nace muchas veces de las contradicciones estructurales o desestructurantes que abundan en la sobrevalorada cultura nuestra.

Un momento propicio para el exilio permite recorrer toda la historia. La historia de la escritura de Marcelo Guajardo, la historia natural, la historia de los primitivos y los contemporáneos desde el cruce híbrido de sus fragmentos o la historia que imaginó una mente desorientada y colapsada por las incertidumbres. Estamos frente a una escritura de profundo psiquismo, que no se limita a retratar sino que genera en el roce de las materias existentes una sustancia nueva de alta pureza. En el fondo yace la piedra transfigurada. La materia jubilosa de la que estás hecha (Máfil). En mis categorías personales, califico este libro como un alimento psíquico indispensable.

La carne, los peces y el cosmos, afloran como los tres elementos claves que cohesionan los diferentes libros en uno, como si la fe perceptiva quisiera recomponer un Cristo. Destaco entre estos tres elementos la carne, que es todo aquello que se hace visible, tanto en la superficie como en el fondo, tanto en la idea como en la materia que esa idea sostiene.

Creo leer además en la sucesión de los diferentes libros que conforman este volumen, un traspaso gradual de lo extrovertido a lo introvertido, de lo excéntrico a lo concéntrico que tendría su bisagra o umbral en Víctor Sarmiento comprende el tedio. En este traspaso, los elementos exteriores referidos desde una posición de encierro o desde un limbo, abren paso al vértigo de las fuerzas vitales que vienen desde vastedades  inabarcables para manifestarse en lo cotidiano. Como ejemplo de lo primero leo: Existe un abismo, el abismo de las tristísimas mujeres calvas/ Existe un cielo, el cielo de las tristísimas mujeres calvas. Como ejemplo de lo segundo leo: No había oscuridad mayor que en aquella boca cerrada de la Posada, aquel espacio donde las moscas tornaban alrededor del hule colgado de los dientes de la casa.

Dejaré hasta aquí este intento de presentación y quedaré en deuda, pues sobre cada uno de los libros desearía explayarme hasta el infinito que ellos mismos señalan a partir de la riqueza de sus imágenes.

Agradezco a Das Kapital por poner a disposición de todos, este libro abundante en poemas que desearía haber escrito yo. Lo agradezco en forma muy especial porque la obra poética de Marcelo Guajardo, se encontraba en su gran mayoría repartida en pequeñas ediciones, autoediciones y libros-objeto muy difíciles de encontrar y de las que yo sólo contaba con una fracción.

 Gustavo Barrera Calderón

Santiago, diciembre de 2011

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